Hay un hombre en la Biblia que escribió gran parte del Nuevo Testamento. Su nombre es Pablo.

Pero antes de que Pablo fuera Pablo... era Saulo. Y Saulo tenía una reputación.

Perseguía a los cristianos. Aprobaba su encarcelamiento. Estaba cerca cuando Esteban fue asesinado.

Si alguien parecía la persona equivocada para que Dios usara, era él.

Entonces un día, en un camino polvoriento hacia Damasco, todo cambió. Saulo se encontró con Jesús.

No un sermón. No un argumento. Un encuentro.

El hombre que una vez persiguió a la iglesia se convirtió en uno de sus más grandes misioneros. Viajó miles de kilómetros, fundó iglesias en todo el mundo romano, y escribió cartas que los creyentes todavía leen dos mil años después.

Lo que es sorprendente es cómo Pablo se describía a sí mismo. Se llamaba a sí mismo el «primero de los pecadores». Nunca olvidó quién había sido, pero tampoco nunca dudó de lo que la gracia podía hacer.

La historia de Pablo no se trata de actuación religiosa. Se trata de transformación.

Quizás el pasado se siente demasiado pesado. Quizás los errores se sienten demasiados. Quizás parece que Dios usa personas con historias más limpias.

El evangelio no borra el pasado. Lo redime.

Dios no eligió a Pablo por su perfección. Lo eligió porque la gracia cuenta una mejor historia de la que la vergüenza jamás podría contar.

Alguien que conoces necesita escuchar esto hoy.

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