Pedro es uno de los discípulos más conocidos de Jesús. Era audaz, leal, apasionado, y a veces muy impulsivo.

Pedro le dijo una vez a Jesús con toda confianza: «Aunque todos te abandonen, yo nunca lo haré.»

Solo unas horas después, Pedro negó siquiera conocer a Jesús. Tres veces.

La última vez que lo hizo, el gallo cantó. Pedro se dio cuenta exactamente de lo que había hecho, y la Escritura dice que salió afuera y lloró.

Si la historia terminara ahí, Pedro sería recordado como el discípulo que fracasó. Pero la historia no terminó ahí.

Después de la resurrección, Jesús se encontró con los discípulos junto al mar de Galilea. Pedro había vuelto a pescar, la vida que tenía antes.

Jesús les preparó el desayuno en la orilla. Luego le hizo a Pedro tres preguntas sencillas: «¿Me amas?»

Tres negaciones. Tres restauraciones.

Luego Jesús dijo: «Apacienta mis ovejas.»

El fracaso de Pedro no canceló su llamado. El hombre que una vez negó a Jesús se convirtió en el que se puso de pie con valentía en Pentecostés y predicó a miles.

El peor momento no tiene la autoridad de escribir el último capítulo de una vida. Jesús sí.

La restauración siempre ha sido una de Sus especialidades.

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